(Reportaje escrito por el socio de APTUR, Alfonso Reca y publicado en el portal Ruta-B)
Existe un lugar tan verde, tan lluvioso, con tanta mitología, aguardientes y mariscos, que los primeros españoles que pisaron sus costas no dudaron en bautizarlo con el nombre de Nueva Galicia, como si trasgos y meigas hubieran viajado 12.000 kilómetros para convertirse en traucos y pincoyas. Como parte de la magia y el sincretismo de este lugar, baste decir que no es uno ni trino, sino un archipiélago entero cuyos fiordos, como sus iglesias, reflejan un universo de colores desconocidos.
Chiloé, tanto su isla grande como el resto de sus islotes, conserva repartida entre sus territorios la autenticidad que muchos no son capaces de encontrar en otras latitudes chilenas. Tierra de lanas, de mingas, de estufa de leña y de salmones, la Patagonia insular ha permanecido concentrada en sus labores tradicionales ajena al girar del mundo con una inmutable perserverancia y siempre ajena a los grandes focos de la actualidad de cada momento.
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Foto de Alfonso Reca

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