Por Pedro Arraztio

Los Parques Elíseos de China se recorren en menos de cinco minutos. A diferencia de su símil, el original parisino, aquí no se escuchan grupos de turistas hablando en distintos idiomas ni la música de los artistas callejeros. Tampoco los bocinazos ni el constante ajetreo de las calles de la capital francesa. Es más: lo que más se escucha en los Campos Elíseos de China es silencio, a veces acompañado del sonido de cortadoras de pasto y el cantar de uno que otro pájaro.

A unos cuantos kilómetros de distancia, en el Támesis de China, los guardias reales caminan con sus características chaquetas rojas. No hablan ni una gota de inglés ni tampoco saben mucho acerca de las tradiciones de la familia real británica. Sí hay buzones y cabinas telefónicas rojas, pero si alguien mete una carta, no llegará a destino ni mucho menos podrá hacer una llamada de larga distancia. En Thames Town (o Songjiang) lo más importante no es ser como Londres, sino que parecerse.

Ambos lugares son parte de One city, nine towns (que se traduce como: Una ciudad, nueve pueblos), que no es un parque de diversiones sino que un ambicioso proyecto inmobiliario desarrollado por el gobierno chino desde 2001, que recrea nueve ciudades extranjeras en los suburbios de Shanghái. Además de París y Londres, hay una recreación de un pueblo español, otro canadiense, alemán, sueco, italiano, otro holandés y una ciudad china antigua. La idea es (o más bien fue) incentivar la urbanización del país y activar aún más su economía en un plan que todavía aspira a que, para el 2025, más de 250 millones de personas se movilicen desde el campo hasta las ciudades del gigante asiático. En ese contexto, One city, nine towns buscó atraer a la población más rica hacia las zonas urbanas ofreciéndoles vivir literalmente entre las maravillas del primer mundo. Aunque sea a una escala de 3:1.

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Las reproducciones buscan parecerse tanto que incluso se les asignó su concepto arquitectónico: dupliquectura, el término que los teóricos le han dado a esta forma de pensar la ciudad, muy en línea con lo que hacen en China con muchos otros productos: réplicas más accesibles para el consumo masivo, algo que en este caso llega a un extremo y que se ha extendido más allá de los nueve barrios de Shanghái: hoy en China no sólo hay una, sino que tres copias de la torre Eiffel. También existe una especie de suburbio holandés en la ciudad de Sizhou e, incluso, en la zona este de la roja República Popular se puede llegar hasta la mismísima Casa Blanca… o la sede del gobierno de Yingquan, según el punto de vista desde el que se le mire.

Hallstatt, Austria es Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Está a orillas del lago del mismo nombre, al pie de montañas, rodeado de bosques frondosos, y es de esos poblados europeos que parecen de cuentos o son “como una maqueta”, según lo describen muchas guías turísticas. La Hallstatt de Guangdong, China, no está rodeada de un monumental cordón montañoso, tiene un pequeño lago (artificial) y en vez de los frondosos bosques alpinos hay algunos pinos y palmeras. Sí tiene las mismas callecitas adoquinadas, que lucen pequeñas tiendas y cafés muy al estilo alpino. Parece aún más maqueta. “No creo que sea bueno que los chinos copien este lugar, Hallstatt es único en tradición y cultura”, fue una de las reacciones que hubo entre el público austríaco al saber que se construía una réplica al otro lado del mundo. Sin embargo, el resultado final para ellos no fue malo, sino todo lo contrario: gracias a la promoción de su símil asiático, Hallstatt (la real) pasó de tener 50 visitantes chinos en 2005 a más de dos mil por año en la actualidad.

Pero a las réplicas no les ha ido tan bien. Tanto Hallstatt, París y Londres “made in China” son más bien ciudades fantasmas. De hecho, muchos les dicen One city, nine ghost towns (Una ciudad, nueve pueblos fantasmas).

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El objetivo del proyecto era llegar a tener más de 10 mil residentes, pero actualmente tienen menos de dos mil y los barrios han sido un fracaso inmobiliario del que se burlan los blogs de arquitectura. Los altos precios de las viviendas que cuestan cerca de tres millones de dólares desincentivó a los chinos de alto poder adquisitivo a “vivir al estilo de Occidente”, que fue como estas zonas fueron promocionadas.

Pero las imitaciones mundiales de China se han convertido en un curioso atractivo turístico. Cientos de visitantes extranjeros (incluso de algunos de los lugares replicados) llegan hasta ahí como si fuera un gran parque temático, más que una ciudad de verdad. El poco ajetreo que hay en sus calles las han convertido además en un excelente set fotográfico. En Thames Town, todos los días hay parejas de novios que llegan hasta allá después de casarse a tomarse la foto oficial. Las tiendas falsas de antigüedades, disquerías indies y tabernas deportivas han sido readecuadas como puntos de maquillaje y de vestuario para ellos.

Una foto de buen augurio en un Londres sin gente ni niebla.