Por Pedro Arraztio, periodista de APTUR Chile

Es un dato triste, pero decidor: cuando algunos cruceros recalan en las costas de Haití, no dicen que están en Haití sino en La Española. Y aunque técnicamente están en lo correcto (la isla que lleva ese nombre contiene dos estados: Haití y República Dominicana), es una manera sutil de evadir las sensibilidades de los pasajeros, y así no terminen relacionando aquellas playas paradisíacas con la pobreza y tragedias del maltrecho país.

Pero Haití, la nación más pobre de América, alguna vez sí fue un destino turístico apetecido. En los años 60, una buena cantidad de visitantes llegaba hasta sus playas, tanto así que el lado occidental de La Española era conocido como “la perla de las Antillas” en desmedro de la vecina República Dominicana, azotada por dictaduras y caudillos. Pero con los años la moneda se dio vuelta, y la llegada al poder de “Papa Doc” Duvalier –y posteriormente de su hijo “Baby Doc”– cambiaron la realidad y la imagen de Haití. República Dominicana se abrió al turismo y Haití cayó en la más absoluta miseria.

El terremoto de 2010 tragedia -que dejó 150 mJacmel Haitiil muertos y a más de un millón y medio de personas sin hogar- acentuó aún más sus problemas. Sin embargo, Haití busca la manera de levantarse: el país está desarrollando un plan maestro para convertirse en un destino de lujo. Y los primeros resultados ya están a la vista.

Desde el terremoto se han habilitado cuatro aeropuertos, se han reconstruido más de 700 km de carreteras y el país se ha abierto a los hoteles, que han aumentado en un 45%.

En Ile-à-Vache (Isla de Vaches en español), los locales repiten majaderamente lo mismo a los visitantes que se dejan caer: “Aquí no es como el resto de Haití. Siempre está tranquilo”. Los 10,5 kilómetros que la separan de las costas haitianas permitieron que esta pequeña isla de 13 kilómetros de largo por tres de ancho, se mantuviera al margen de los problemas del país. Hasta hace poco, la descripción de un día normal estaba cargada de imágenes suculentas para cualquier cronista de viajes: niños jugando en la playa, pescadores preparando sus viejas embarcaciones, atardeceres en playas desiertas. Ningún turista a la vista. Tampoco autos ni ruido.

Sin embargo, desde 2012 la paz de Ile-à-Vache se ha visto interrumpida. El plan del gobierno es convertirla en piedra angular del turismo haitiano. Actualmente, la isla cuenta con dos hoteles, pero la tentación que genera tanta naturaleza intacta es fuerte. La construcción de más de mil doscientas nuevas habitaciones, carreteras, una cancha de golf, luz eléctrica y hasta un aeropuerto, están dentro del proyecto. Los isleños, ajenos a estas hojas de ruta rimbombantes, miran aún con recelo este plan de desarrollo que va a costar 250 millones de dólares. Pero les guste o no, la idea es poner a Ile-à-Vache como un destino de turismo sustentable, estilo de Turcos y Caicos.

A este proyecto se suman otras zonas de la costa suroeste de Haití, como Jacmel, que es uno de los balnearios más célebres que el país tiene para ofrecer. Cuenta con unos cuantos hoteles y aplaya-haiti-2parte de eso reina la pobreza, como en la mayoría de Haití, pero la idea es aprovechar el encanto colonial de su arquitectura francesa y su ubicación, al lado de algunas playas de arenas blancas y aguas turquesa. Las antiguas mansiones de la ciudad, aunque claramente más descuidadas, recuerdan a la afrancesada Nueva Orleans estadounidense. De hecho, Jacmel, a pesar de haber sufrido algunos daños severos del terremoto de 2010, ha sido aceptada provisionalmente como sitio Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.

Haití fue la segunda nación de América en obtener la independencia después de Estados Unidos, y la única que lo hizo a través de una revolución de los esclavos. Eso es parte primordial de la historia del continente, pero es menos difundido qué pasó después con la incipiente nación. Liberados de los franceses en 1804, se inició una masacre étnica que eliminaría a gran parte de la población blanca y los caudillos de la revolución se enfrascaron en guerras y traiciones buscando obtener el poder. Haití se separó en dos. Uno de esos caudillos, Henri Christophe, se autoproclamó rey de la parte norte, bajo el nombre de Henri I, y ordenó la construcción de un pomposo palacio que demoró tres años (1810-1813) y costó la vida de cientos de obreros: el Sans-Sousi, que se traduce como “sin preocupaciones”. Algo irónico, ya que el rey se suicidó en el lugar (con una bala de plata, según la leyenda) y su hijo, Jacques-Victor Henri, fue acuchillado hasta la muerte.

Hoy, unos cuantos turistas visitan la que es una de las postales más impresionantes, pero a la vez desconocidas de Haití. El complejo forma parte de lo que es nada menos que la fortaleza más grande de toda América. El “Versalles del Caribe”, como algunos la llaman, es la llave para del gobierno para abrir una ruta de turismo histórico.

Las piedras de sus muros están pegadas con una mezcla hecha con melaza y sangre de vacas y cabras que, según la religión vudú, ofrecen poder y protección.

Al igual que el muro que rodea a la fortaleza, el misterio y secretismo del vudú es un aura que está alrededor de todo en Haití. Incluso del turismo. La religión, a la que se le atribuyen ritos para hacer de los muertos vivientes o para infligirle dolor a una persona a través de muhaitiñecos “cargados” de magia, llegó a la isla con los esclavos desde África, y también quiere convertirse en parte de los encantos haitianos. “¿Ustedes saben a cuánta gente le gustaría venir a Haití para conocer qué es el vudú?”, preguntó una vez el propio ex presidente del país, Michel Martelly. En Jacmel creen que a muchas y ya hay rituales abiertos a extranjeros curiosos. Esta naciente opción de inmersión cultural en la ciudad de Haití pone más énfasis en la espectacularidad que la “efectividad” de los rituales vudú. Danza, trance y sangre para impactar y asustar.