Por: Soltar Cabos Comunicación

Caí en cuenta que viajaría a Túnez el día menos pensado. Un día de agosto, mientras recorría la zona oriente de Croacia, conocí a Aroua y Boutheina, dos chicas tunecinas estudiantes de medicina que estaban en Osijek como parte de un intercambio. Nos hicimos muy amigos mientras salimos a tomar un café, primero, y luego durante un paseo al anochecer por la costanera del río Drava.

No se cansaban de contar todo acerca de su país: la gastronomía, la cultura, las tradiciones y paisajes. Yo me fui haciendo una idea vaga acerca de una nación de la cual conocía poco y nada. Sabía que es un país árabe, que hace no mucho tiempo vivió una revolución un tanto violenta y poco más. Yo estaba viviendo en Barcelona, por lo que no se me hizo difícil pensar en escaparme unos días para allá. Por eso, al volver a Cataluña, busqué pasajes y me animé a comentarles a mis dos amigas que tenía planes de dejarme caer. Ellas prepararon todo para recibirme de la mejor forma posible.

El resultado de este viaje: conocer finalmente una nación envolvente, fascinante, distinta a lo que estamos acostumbrados. Volví encantado de un destino que tiene playas, montañas, desierto, sitios arqueológicos y una historia muy viva. Nunca me había sentido tan bienvenido y como en casa, fuera de casa.

Boutheina y Aroua me llevaron a viajar por el norte de Túnez. Teníamos tan sólo siete días para disfrutar y lo cierto es que fue un buen tiempo para un primer bocado, y para quedar con ganas de seguir descubriendo sus rincones. Ahora les cuento lo que este país africano nos ofrece.

Tunis, la capital

La urbe más grande de Túnez es un manto inmenso de casas blancas, mezquitas, automovilistas que viajan a toda prisa, monumentos extraños, pobreza y riqueza. La primera mañana me dirigí hacia el centro. Allí vi edificios que combinan lo moderno con lo antiguo; fachadas de construcciones que recuerdan al estilo francés.

Allí es posible oír de manera clara el idioma muy llamativo que hablan en este país: una mezcla de francés y árabe, que se suma a un dialecto tunecino muy particular. Es casi un deber aprenderse algunas palabras para comunicarse. Por ejemplo, asslema, que se utiliza para saludar.

Perderse en las calles de la capital es embriagarse de la cultura local. Puedes caminar por los mercados y no encontrar la salida que buscas, pero de seguro sales de allí con algún souvenir fantástico o con el gusto de haberte sentado a tomar un café y un narguile.

Una de las cosas que más me impresionó de Tunis (y en general de todo el país) es la popularidad de los cafés para hombres. Sí, tal cual. Y hay muchos. Los machos alfa de las familias se reúnen en locales diseñados solo para ellos con la excusa de un café, un narguile o un juego de cartas, mientras ven pasar el mundo exterior. Las mujeres no están admitidas en ellos, por supuesto (aunque sí cuentan con algunos locales solo para damas). Al principio pensé: “Vaya aburrimiento que debe ser esto”, pero la verdad es que lo disfrutan. Una especie de club de Toby en versión tunecina.

Sidi Bou Said, la ciudad de las puertas azules

Uno de mis sitios favoritos. Llegamos prácticamente de noche, pero no por ello perdió su encanto. Cada construcción está diseñada con una puerta azul de entrada, algunas de tamaño inmenso, adornadas con símbolos religiosos la gran mayoría de las veces. Bajamos a un café inmenso con vistas al mar desde lo alto. Niños, familias, adultos, parejas, hay espacio para todos. Me recordó inevitablemente a las islas griegas; una combinación de colores, aromas y sensaciones mágicas.

Sousse, una joya turística

Es la gigante turística después de Hammamet. La infraestructura hotelera, sus playas y la ubicación cercana a Tunis invitan a pasar un rato por ahí. Pero cuando viajas con locales tienes la suerte de descubrir sitios que están ocultos al turista común. Y uno de los lugares realmente apetecibles es el Museo Arqueológico ubicado en el Kasbah, una fortificación de la ciudad antigua de Sousse. Allí, encontrarás un singular patrimonio histórico: una de las colecciones más lindas de mosaicos de Túnez, cuyos diseños representan animales, dioses, guerreros y seres mitológicos.

Después de recorrerlo nos perdimos en la Medina, la parte más antigua de la ciudad. Calles angostas con sus casas pintadas de blanco y azul. Todo muy pulcro, muy auténtico. Lo mejor es buscar un buen café y disfrutarlo en uno de las terrazas. Para quienes hayan ido a India, este lugar me recordó mucho a las ciudades de Rajasthan, tales como Jodhpur o Jaisalmer.

Quedaba tiempo para más. Fuimos a descubrir y admirar un museo que me dejó fascinado. Se llama Museo de Arte Contemporáneo y su dueño, el artista Taieb Ben Hadj Ahmed, lo diseñó en base a su recolección de chatarra. Ha dedicado más de 40 años a buscar cosas que otros han tirado, como cascos de la Primera Guerra Mundial, elementos de cocina y balones de gas, entre otras cosas. Con una imaginación y talento asombrosos, ha ido construyendo un mundo tan loco como impresionante en lo que es hoy su casa.

Mahdia, como en el Caribe

Un balneario pintoresco y acogedor. Allí disfrutamos nuevamente de la buena mesa y un clima cálido. Sus playas son magníficas y no tienen nada que envidiarles a las del Caribe. Su Medina, otra de sus joyas. No puedes marcharte sin recorrer la zona del Fuerte de Mahdia, junto a un cementerio con vistas privilegiadas al mar. Es que aquí todos, incluso quienes han partido al más allá, tienen una buena ubicación.

Cap Serrat, la playa solitaria

De seguro nunca has oído hablar de este lugar. Yo tampoco lo conocía. Si se busca en el mapa, probablemente cueste encontrarlo. Hacia el norte, y no muy lejos de la frontera con Algeria, Cap Serrat es una playa virgen (o casi). Rodeada de un paisaje más verde y frondoso de lo habitual en este país, esta playa está prácticamente libre de gente y para qué decir de turistas. Llegar hasta aquí es asegurarse un descanso, una buena lectura y un buen baño. Te recomiendo probar el pescado y la comida local en el restaurante que está a un costado de los estacionamientos.

Dougga, la herencia romana

No podía irme de Túnez sin antes visitar un sitio arqueológico tan mágico como Dougga, una antigua ciudad localizada en la gobernación de Béja, al noroeste de Túnez. Un anfiteatro romano es lo primero que verás, tal vez el monumento más impresionante de todos.

Si sigues recorriendo sus 70 hectáreas podrás ir descubriendo de a poco los mausoleos, el Capitolio, los teatros y las escrituras bereber ocultas entre las rocas. Es recomendable contratar un guía local para que aprendas de historias y secretos ocultos en este lugar.