Faltos de tino e impericia profesional, o nula psicología para tratar a pasajeros de disímiles nacionalidades, a punto de abordar un vuelo internacional en el Aeropuerto “Jorge Chávez”, de Lima, para regresar a sus países de origen, se observa en agentes de migración a la hora de la revisión personal… Muchos turistas se quejan de tratos vejatorios… ¿Qué ha hecho al respecto PromPerú?…

Por Francisco LEAL DÍAZ

SANTIAGO (Chile), 4 de junio de 2018.-  Acabo de regresar de Lima, la bella y atractiva capital del Perú, donde pasé una inolvidable semana recorriendo emblemáticos lugares turísticos, disfrutando la gastronomía y fotografiando la euforia de los limeños al participar su país en la justa deportiva del fútbol mundial, en Rusia 2018, después de 36 años de ausencia en esta competencia.

Pero… ¡oh, sorpresa!, al llegar al Aeropuerto Internacional “Jorge Chávez” para embarcarme de regreso a Santiago de Chile en un vuelo de LATAM, me encontré con una desagradable situación.

Antes de pasar por migración para acceder a las respectivas salas de embarque, hay que someterse a una rigurosa revisión personal, pasar los equipajes de mano y cuanta pertenencia lleve uno consigo y atravesar luego el arco detector de metales. Hasta aquí, todo normal, pues es una exigencia que existe en todos los aeropuertos del mundo. Pero hay formas y maneras adecuadas de hacerlo.

ACUCIOSA REVISIÓN PERSONAL

El problema aquí para el viajero comienza cuando debe hacer una cola previa a la revisión personal, depositar sus pertenencias y equipaje de mano —o mochilas viajeras— en unos canastillos de plástico y echarlos a rodar en una huincha mecánica. Casi simultáneamente, el viajero debe hacer una segunda cola para cruzar por la puerta detectora de metales (u otros adminículos).

Aquí se presenta el mayor conflicto para el viajero. Un agente imberbe conmina al turista, sólo hasta este momento, a quitarse los zapatos, la chamarra o abrigo, los respectivos cinturones y todo adminículo que se cargue en los bolsillos que sea metálico, aparte del reloj.

De nuevo, entonces, a hacer la cola inicial, quitarse los zapatos y demases y volver a usar los canastillos de plástico.

De este modo, descalzos, aferrándose los pantalones, los viajeros retornan a la segunda cola para volver al arco metálico, en tanto persiste la preocupación por los objetos personales que ya se perdieron en la banda detectora correspondiente.

“¡QUÍTATE LOS ZAPATOS!”

En la espera de traspasar el arco, casi todos descalzos, delante de mí un joven viajero sudamericano es retenido con evidente brusquedad:

—¡Quítate los zapatos! —lo conmina autoritario el agente imberbe-. ¡Pásalos por la otra fila, hombre…!

El tono no era precisamente muy amable. Lo mismo aconteció con una joven turista que me antecedía, al parecer de origen europeo, y quien no entendía el español a la perfección. El imberbe agente cometió la misma torpeza, y la obligó, sin ninguna cortesía, a regresar a la fila anterior para desprenderse de zapatos, cinturón y adminículos personales. Como ella no entendía, yo le hice señas y le indiqué el procedimiento que se le exigía. Esto, al agente imberbe pareció no gustarle. Me clavó la vista y me conminó a traspasar el arco detector de metales.

—¿Por qué no informan antes a los viajeros para quitarse los zapatos y así no tener que dar tantas vueltas? Sería todo más expedito —sugerí en tono coloquial.

El agente no respondió y continuó con su tarea, acercando a mi cuerpo un detector de metales manual.

—¡Sácate el gorro! —me indicó en tono imperativo.

Así lo hice, pues llevaba un jockey negro de marca Nike. Sin inmutarse, el agente volvió a ordenar, ahora de manera muy brusca:

—¡Abre los brazos!

Mientras auscultaba acuciosamente con su detector de metales bajo mis axilas, yo pensaba en mis objetos personales, en mi mochila con mi computadora inseparable y en mi cartera con documentos y dinero que había enviado por el otro carril. “Ojalá esté todo tal cual y no falte nada”, pensaba.

El agente imberbe pareció solazarse conmigo en su revisión, haciendo que girara con brazos y piernas abiertas. Cuando yo creía que ya estaba todo ok, me exigió que le mostrara el contenido de mis bolsillos. Siempre tuteándome con dureza, cual delincuente, me requirió que le mostrase todo lo que llevaba en mi bolsillo derecho trasero del jeans.

—¿Qué llevas ahí? —preguntó con rudeza, con inusitada descortesía, tal vez tratando de intimidarme, o tal vez para intentar ponerme nervioso. Creo que eso pretendía hacer el imberbe agente.

—No sé —le dije—; deben ser papeles…
—¡Muéstramelos! —exigió casi al borde del desquiciamiento.

Lo hice con parsimonia y le entregué el contenido de mi bolsillo derecho trasero del jeans: boletas de compra, un par de servilletas dobladas sin uso y una mini toalla limpiadora de manos. Todo lo revisó meticulosamente. ¿Qué pretendería encontrar? ¿Drogas, acaso? Woooow, qué poca experticia de este agente imberbe. Un traficante de drogas no habría actuado con la serenidad y parsimonia que yo ostentaba. Creo que eso lo descontroló al inexperto agente.

Concluida tan insulsa revisión, rescaté mis pertenencias y la mochila con mi computador personal, objetos ya arrumbados en un rincón. Cualquiera pudo haberlos tomado. Nadie me preguntó si ello era de mi propiedad o no.

AIRADAS QUEJAS DE TURISTAS

Los turistas que habían superado la revisión protestaban —aunque discretamente—, argumentando que habían sido tratados como delincuentes. Yo coincidía con ellos y, en conjunto, tratábamos de explicarnos el por qué de tan desafortunado procedimiento, confuso, desordenado y poco práctico.

Yo, a la vez, me pregunto: ¿en qué está PromPerú? ¿De qué sirve invertir miles de dólares en promover la imagen-país, si al final de la experiencia de viajar al Perú un par de agentes imberbes echan por tierra todo el esfuerzo realizado con anterioridad?

Insisto: los turistas no son delincuentes y, por tanto, requieren un trato digno y respetuoso, ni siquiera corresponde tutearlos, porque ello es faltarles el respeto. Ese agente imberbe no ha tomado conciencia que él vive y genera su sueldo a costa del flujo turístico, de los viajeros que día a día arriban y abandonan el Perú, con la certeza de descubrir un país cálido, hermoso y fraternal.

Las autoridades de turismo del hermano país peruano deben tomar cartas en el asunto, y someter a estos agentes imberbes a intensos procesos de capacitación; y si así, aún no entienden cuál es su misión a la hora de revisar a un turista —y no confundirlos con delincuentes—, pues sencillamente no sirven para ese delicado trabajo.

Un turista internacional bien atendido en un país extranjero genera unos siete o diez nuevos visitantes a ese país; en cambio, un turista mal tratado, logra que unas quince a veinte personas decidan NO viajar a ese país.

Me permito hacer una última reflexión… ¿Esos agentes imberbes sabrán algo de todo esto?… ¡Tengo mis serias dudas!